El tren de las mil y una miradas tristes

La India, tierra de múltiples colores, de aromas penetrantes, de emociones salvajes, de miradas desesperanzadas. Aquí, casi como en ningún otro sitio, libera todos tus sentidos y sentimientos. Llora si sientes ganas de hacerlo. Ríe, si es que algo te causa gracia. Angústiate, si es que no eres ajeno al dolor y sufrimiento humano. Emociónate, cuando oigas el poderoso sonido del claxon del tren que se aproxima a la estación.

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© Sebastián Abeliuk

Una tras otra, polvorientas locomotoras y sus vagones ingresan hacia la zona de andenes de la ocupada estación de Gorakhpur, puerta de entrada a la red ferroviaria india si es que vienes desde Nepal por tierra. Apenas se ven venir los trenes pues es de noche y una leve neblina se confunde con el polvo que flota en el aire y que aquí es tan abundante como el oxígeno. Hay muchísima gente. Cientos, tal vez miles. El ambiente humano es desolador: familias completas, niños incluidos, yacen en el suelo helado. Se cubren con gruesas mantas mientras se abrazan y apoyan sus cabezas en bolsos y mochilas. Sobreviven, o al menos intentan hacerlo. Ni siquiera tienen la fuerza necesaria para mendigar unos céntimos. En tanto quienes transitan por los andenes y pasillos los esquivan. Son mundos opuestos.

Boleto viaje Gorakhpur - Varanasi

Boleto viaje Varanasi – Agra © Sebastián Abeliuk

Es difícil saber desde dónde vienen los trenes y hacia dónde se dirigen. A pesar de ser una red ferroviaria que quedó como herencia de la época colonial británica, las máquinas están descuidadas y la información que se entrega por altoparlantes es casi imperceptible. Fuerte es mi impresión cuando un puñado bastante grande de hombres y mujeres se agolpa a la espera de la llegada de un vagón de segunda clase sin reserva, la más caótica y temible de las clases a las que un viajero puede acceder. Hace, finalmente, su entrada el tren y la gente se cuelga de él antes que se detenga. Se empujan, golpean, insultan. Todos quieren subir, incluso antes de que bajen quienes vienen llegando. El caos es brutal. Observo perplejo la situación. Pero ya me he enterado de que la lucha en el interior por sentarse será a muerte. Quienes no lo logren, dormirán en los pasillos debajo de sucios ventiladores o al costado de baños pestilentes. Desde otro vagón, un hombre de unos cincuenta años es bajado a la fuerza por la policía tras ser acusado de estar completamente borracho y causar desórdenes. Los uniformados no tienen piedad. Lo arrastran hasta el andén y lo dejan tirado, cual estropajo maloliente. Nadie viene por él. Tras esa situación, un joven baja del mismo carro. Le faltan las piernas. Se arrastra como puede hasta el suelo. Se queda inmóvil un buen rato. Observa. Tan sólo observa. Es otro fantasma más en la estación. Las emociones, mientras, me han golpeado fuerte durante los minutos que aguardo mi tren junto a mi mochila.

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© Sebastián Abeliuk

Hacia otra dirección, veo caminar por las vías unas mujeres vestidas con saris y descalzas, quienes sin rumbo alguno recogen basura sin importar que sus vidas se encuentren en peligro.

Cuando son las once de la noche, logro dar con mi tren y vagón. ¡Por fin, tras estar atrasado hora y media! El interior de los vagones no es mejor. Al contrario, resulta ser una prolongación de lo que se ve en el mundo exterior. Cada compartimento cuenta con ventanas con barrotes que la hacen similar a una celda. Pero me pregunto ¿quiénes son los prisioneros de la miseria?¿Los que van dentro o los que miran desde fuera? Ambos, tal vez, víctimas de una sociedad cruel. La cabina huele a orina, a humedad, a fritura. No hay más turistas en el vagón. Las miradas son tristes en su gran mayoría. La luz es tenue. Se escuchan cuchicheos al mismo tiempo que vendedores ambulantes intentan vender Chai, el té más popular de India. “¡Chai, chai, chai!”, canta un hombre de voz aguda. En seguida, niños huérfanos y un par de discapacitados se acercan a pedir dinero o comida. Son insistentes. Se quedan allí hasta que les des lo que buscan.

No pasa mucho tiempo hasta que el tren inicia su lenta marcha hacia la ciudad de Varanasi. Intento conciliar el sueño. Pero ya he comprendido a la fuerza que India es tierra de contrastes. ¡Maldito tren de mala muerte!, pienso muy dentro de mí. Bendito viaje que me haces valorar, con más fuerza que nunca, todo lo que tengo.

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