La dama de hierro

Existen iconos o símbolos que representan a una ciudad. Sin ellos no entenderíamos las postales, no viajaríamos imaginando el momento en que los observaríamos y no despertarían en nosotros sensaciones bucólicas y por qué no decirlo, el desplazamiento perdería parte de su encanto.

En la ciudad de las vanguardias del siglo pasado donde tantos artistas desarrollaron sus cualidades se encuentra su emblema por excelencia, la Tour Eiffel. Es curioso como un amasijo de hierro puede despertar tantas emociones. Sobre todo por la noche. Ese momento en que la ciudad despierta a la oscuridad y en que la luz le acompaña en su justa medida, en la proporción necesaria para iluminar pero no deslumbrar. Y para cerrar el círculo hay que verla a la altura del río Sena. Su encanto aumenta en el momento que su figura de más de 10.000 toneladas de peso se refleja con destellos de colores en el río.

Tour Eiffel de noche © Ana Ferri Molina

Es como la brújula para la capital francesa: allá donde mires y vislumbres la creación de Gustave Eiffel sabes dónde te encuentras y cuál es el camino que tienes que tomar. Y sí, te sientes menos solo porque el símbolo de la ciudad te ampara, te recuerda que estás en la urbe de los soñadores, de los poetas, escritores y pintores y que toda ella rezuma inspiración.

Pero el mejor momento de todos es cuando te encuentras a sus pies. Bajo los 324 metros de altura al lado de uno de los cuatro enormes pilares con base de cemento que la sujetan. Y miras hacia arriba. Y entonces te sientes tan diminuto, tan insignificante y a la vez tan grande. Muchos sólo verán una torre turísticamente explotada, rodeada de puestos de venta de recuerdos o de comida que pueden devolverte a la realidad y hacerte bajar de ese estado de ensoñación. Pero si viajáis a París haced la prueba: id a visitar la Torre Eiffel con esa mirada de ingenuidad y de cierta curiosidad que siempre acompaña a los que somos viajeros. Id admirando su tamaño y su historia, esa historia que nos recuerda que si existe algo imposible de construir vendrá el hombre para recordarnos que hace ya 125 años Gustave Eiffel creyó que su torre se podía materializar.

Tour Eiffel de día © Ana Ferri Molina

Ni Guy de Maupassant, ni Alexandre Dumas ni Charles Garnier entre otros creyeron en esta creación. Y sin embargo, se ha convertido en uno de los distintivos más bellos de París porque hay belleza en el hierro, hay belleza en la simpleza. Id y sentaros en los Campos de Marte, y miradla, sólo miradla. Id desafiando a los antiguos pensadores porque ahora, vosotros viajeros, sois los del presente.

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