La tienda de Babu

Recuerdo, exactamente, cómo olía la calle de la Plata minutos antes de que Babu me encontrara.

Udaipur atardeció con la intermitencia de un gran faro. Los apagones no daban tregua a aquel riachuelo de pequeños comercios anegados de oscuridad, a veces.

A diferencia de otras ciudades indias, Udaipur destaca por su majestuosidad palaciega. También, por su blancura estancada en el tiempo. Me senté en un escalón del templo hindú, abrí mi Lonely Planet por la página doscientos trece: “la Venecia oriental”. Pensé un buen rato en qué se parecían aquellas dos ciudades tan distantes. Puede que en nada, puede que en todo lo que habían perdido.

Udaipur parpadeaba cada cuarenta minutos.

No conocía su trazado irregular y, al parecer, tampoco los turistas, que bajaban la calle casi a tientas. Todos seguíamos el rastro de la muchedumbre, pisábamos, con torpeza, las huellas de un ganado más manso que de costumbre.

Había, en la tierra, un extraño aroma marinero que me devolvía a casa. Un cuchillo de hoja oxidada cortaba sobre el bordillo pescado fresco. Los hijos de los joyeros entraban y salían de las tiendas con el mismo parpadeo discontinuo que la luz de aquella tarde. Había suciedad y ratas, claro que las había, pero allí se mezclaban, a partes iguales, con el lujo y la extravagancia.

Jamás podré olvidar aquella sensación de intermitencia. Tampoco la intensidad del verde que adornaba la mirada de Babu cuando puso sus ojos en mis ojos por primera vez. Después, vinieron sus palabras escritas en el aire con los acentos desordenados.

Babu ladeó la cabeza, me invitó a pasar con un gesto sencillo. Babu tenía una mirada de cuarenta y tres años, una pequeña tienda de libretas de cuero, un cuerpo esbelto de ceniza. Poseía una memoria dactilar de cuatro siglos.

La tienda era demasiado estrecha y no había espacio para tantísima libreta. Babu se paseaba arrastrando los pies. Sabía exactamente dónde estaba lo que buscaba. Repasaba cada estante con los ojos durante escasos segundos y me traía un diario con un ámbar incrustado o un álbum de fotos vacío con un camello tallado en la portada. Su español era inusual pero correcto, abusaba de las sibilantes y arrastraba las erres: “¿la prefieres con el cordón púrpura o marrón?”, decía sin dejar de sonreír.

Su mujer entró en la tienda para traerme chai caliente. Babu parecía ajeno a la presencia de su esposa. Mientras sorbía el té, pensé que aquella fascinación con la que el hombre-ceniza acariciaba el lomo de cada una de sus libretas debía ser, forzosamente, poesía. Quizás Borges había conocido las manos de Babu, largas y ásperas, y con ellas había construido su Biblioteca Babel. Quizás Cortázar llorara a la Maga recostado en alguno de aquellos estantes torcidos.

Se estiró y cogió uno de sus tesoros. Me habló de la talla del cuero, de las hojas de banano prensadas y de los pétalos de lila. Le encargué una libreta igual que aquella para el día siguiente. Nos despedimos por la mañana. Estaban cerradas todas las tiendas, excepto el pequeño negocio de Babu, en una esquina de la calle de la Plata.

Ya en el tren que me llevaría a Pushkar, juré escribir, en mi libreta de cuero, alguna línea sobre Babu, el hombre-ceniza.

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Niño indio © Nerea Serrano

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Joyería en la calle de la Plata, Udaipur © Nerea Serrano

Brahmán en Udaipur © Nerea Serrano

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Un conductor de rickshaw duerme la siesta © Nerea Serrano.

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