Mafia, prostitutas y alcohol en el paraíso

Koh Lipe, Parque Nacional Tarutao

Koh Lipe, Parque Nacional Tarutao © Sebastián Abeliuk

Ni en mis peores pesadillas imaginé encontrar la mafia en el paraíso. La curiosa experiencia sucedió en el puerto de Pak Bara, al suroeste de Tailandia, donde reina la paz. Una enorme lancha rápida, armada de cuatro poderosos motores para dar lucha a las más grandes batallas en altamar, era mi transporte hacia una isla que, al menos en mis pensamientos, era la chica hermosa que todos desean. El destino más codiciado de la zona.

Los endemoniados rayos del sol quemaban haciéndome sentir como un trozo de carne asándome a fuego lento, en un asado a media tarde. Sólo la sombra de un local aledaño de venta de refrescos y helados apaciguaba un poco la sensación de estar a las brasas. “Este es mi día de suerte”, pensé mientras tomaba agua: el puerto estaba lleno de lindas mujeres asiáticas que elevaban la temperatura del ambiente, mientras esperaban la misma lancha que yo. De faldas cortas y rostros finos. Todas hermosas. Pero no esa belleza natural, sino la profesional: cuerpos trabajados, mucho maquillaje, miradas que transmitían deseo. Mientras se pintaban, Madame las retaba, dándoles constantes instrucciones a esas esculturas vivientes. Coordinaba todo por su teléfono, y ellas se reían. No paraban de hacerlo.

A las tres de la tarde zarpé junto a un pequeño grupo de no más de quince personas rumbo al Parque Nacional Marino de Tarutao. El viaje fue movido y húmedo. Las enormes olas me empaparon de pies a cabeza, y mi único escudo era una toalla. Sólo les pude hacer el quite al llegar a Koh Lipe. A la distancia, las verdes hojas de las palmeras parecían saludarme mientras se azotaban entre ellas producto del viento, y la arena blanca me encandilaba. El escenario no podía ser más hermoso: aguas turquesas y rayos del sol dibujando una acuarela en las nubes. Desde el amarillo pálido hasta el rojo intenso y el café oscuro se fundían en el mar de Andamán, creando uno de esos atardeceres que se extrañan apenas terminan. Es un destino reservado, dicen, para aquellos mortales que se portan bien en esta vida. Pero estando en Koh Lipe uno se da cuenta que no hay que ser ni sacerdote ni santo para estar en el edén.

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© Sebastián Abeliuk

Me bajé en la playa de Sunrise. Un puñado de locales y de insistentes vendedores ambulantes me recibieron apenas puse un pie en la isla. Uno de ellos me siguió majaderamente para ofrecerme alojamiento, prometiendo que aquella noche habría fiesta. Cuando por fin se rindió, encontré un hostal de dos pisos construido en madera, de aceptable comodidad y servicios básicos. Me recibió su dueño, Javier Sanz, un español que se quedó allí tras enamorarse del paisaje y de una tailandesa. Y me adelantó parte de lo que ocurriría luego: la mafia local, junto a un grupo de yakuzas japoneses, organizaba una fiesta masiva en la misma isla en la que me alojaba. Sepan que jamás me consultaron mi opinión, pero que quede claro estaba de acuerdo. Destino paradisíaco, arenas blancas y una fiesta prohibida a orillas del mar y en el frontis de un hotel cinco estrellas. Tentadora mezcla, ¿no?

Quedé con la boca abierta al ver al menos doscientas personas bailando en un ambiente de desenfreno y música ensordecedora. Al acercarme, hombres de aspecto rudo, tatuados, compartían con mujeres jovencitas de no más de 20 años, consumidas por las drogas. Grandes refrigeradores mantenían heladas las cervezas sobre una tarima enorme a pocos metros del mar. No sabía si participar o alejarme por donde mismo había llegado. Finalmente me enteré de que era el cumpleaños del Big Boss. El alcalde, ni más ni menos. Era la mafia en el paraíso, algo inesperado tenebroso tal vez, pero inolvidable. Cuando el festejado quiso tomar la palabra, todos escuchamos en silencio. Turistas, mafiosos y prostitutas. La música se detuvo, como se detiene el corazón al morir. El silencio fue interrumpido por tres, cuatro, y hasta cinco balazos de una pistola nueve milímetros. Era el gran jefe que disparaba al aire. Todos se llenaron de júbilo. La música retomó el volumen al que sonaba, mientras algunos aprovecharon de conseguir más alcohol y prostitutas, en lo que parecía una fiesta paralela a la del resto.

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