Los lazos del viaje

En agosto se cumplirán seis años desde el día en que recibimos la llamada que nos anunció su partida. Mi gran amigo Hernán, mejor conocido como “el Pato”, había dejado este mundo después de un coma de largos meses.

Aunque toda la vida oí hablar de él, no vine a conocerlo sino al cumplir veinte años cuando acompañado de su padre y su hermano, llegó a Colombia desde Chile de donde son originarios. Su padre, el gran amigo del alma del mío desde que vivió en Colombia en los setenta por razones diplomáticas, ha sido siempre una gran figura presente en la familia. No sé si la genética esté involucrada en esas cosas pero lo cierto es que bastaron minutos para que ese primer encuentro se convirtiera irreversiblemente en una amistad como pocas. Hoy en día y después del  gran dolor y frustración que me causó su partida, pienso que una de las cosas que más nos unió fue el hecho de compartir algo que no se experimenta con cualquiera, nosotros tuvimos la gran oportunidad de viajar juntos.

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Parque Tayrona, Colombia © Maria José Marroquin

Fue toda una experiencia ver mi país a través de sus ojos. Aunque yo jugaba de local no pude dejar de detenerme muchas veces  a pensar en las reflexiones o percepciones que él tenía sobre cosas que para mí hacían parte de la normalidad. Recuerdo la fuerte impresión que le causó la omnipresencia militar en nuestras carreteras. Para mí, dada la complicada situación de orden público Colombiana, esto era no solamente normal sino que necesario y hasta tranquilizador. Para él, que no tenía los mismos referentes culturales, era bastante agresivo y le generaba algo de ansiedad. No podría olvidar tampoco su avidez por probarlo y verlo todo como el buen viajero que era ni su empeño en acomodarse a las costumbres locales. Nunca he visto a nadie que con mayor gusto probara por primera vez un hirviente caldo de pescado de río a más de cuarenta grados de temperatura y, sin dudarlo, pidiera inmediatamente otro. Compartir con él mi primer road trip al volante hasta el parque Tayrona y ser testigo de su emoción al contemplar por primera vez ese regalo del universo, es algo que no tiene precio en mis recuerdos. Paso a paso durante ese viaje en el que compartió con mis amigos más queridos y  mis lugares comunes, entendí que había ganado un hermano.

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Descansando en las Ruinas, Egipto © Maria José Marroquin

Al año siguiente nuestras familias organizaron un viaje a Egipto y de nuevo nos vimos reunidos, esta vez en un ambiente que nos era desconocido a ambos y donde se afianzaron aún más nuestros lazos. Los contrastes fuertes de una megalópolis como El Cairo, el encuentro con pirámides y templos que tanta fascinación causan desde niños y la aproximación al Islam desde nuestros respectivos géneros, le sumaron millas a nuestro camino. Bailamos sobre el Nilo, comprendimos juntos la importancia de la nacionalización del canal de Suez y hasta amenazó con venderme a un Nubio si le ganaba en una carrera en camello por el desierto. Es extraño lo que puede hacer un viaje. Puede crear y destruir, generar empatía o antipatía, acercar y separar. A nosotros nos unió de una forma irremediable. Esa certeza me acompaña hasta el día de hoy.

Ocho meses después murió a causa de un accidente haciendo una de las cosas que más le gustaban en el mundo: recorrer a pie las montañas de su Chile querido. La noticia fue devastadora y me demoré mucho tiempo en asimilar que no habría una próxima vez. Supe luego por su madre que se fue tranquilo, rodeado de su familia y amigos quienes pudieron despedirse de él, cosa que yo no pude hacer. Desde entonces lo recuerdo en cada uno de mis viajes, lo llevo a cuestas para que no pierda detalle y me mantenga alerta de las cosas que podrían escapar de mi atención. Me dejó su música, su humor, su indescifrable dialecto chileno pero sobre todo me dejó un gran viaje pendiente. Un viaje a su casa, al mundo que lo vió crecer, a sus recuerdos. Un viaje al lugar donde podré encontrarlo de nuevo para porfin poder decirle adiós.

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Frontera Bolivia-Chile © Maria José Marroquin

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