El mundo entero es mi hogar

Mientras escribo estas líneas estoy rodeada de una decena de tipos de bolsos de viaje, maletas (con y sin ruedas), caras, baratas, compradas en diferentes ciudades. Las contemplo con ternura: son mis únicos acompañantes incansables, los únicos testigos de mi deambular. Las maletas viajan, traspasan las fronteras, se mudan y emigran conmigo.

Dubravka Ugrešić

Llevo tres años viviendo en el extranjero. Cambio de ciudad como si fueran pares de zapatos usados. A lo largo del tiempo he desarrollado una suerte de rebelión inconsciente contra el país que me vio nacer y crecer. Cada vez que escucho a italianos por calles extranjeras, doy un paso atrás. Me siento como si hubiera huido lejos de mi casa y alguien me hubiera alcanzado para recordarme que pertenezco a otro lugar.
Una vez leí en un libro que para identificar tu verdadera casa tienes que hacerte una simple pregunta: “¿Dónde quiero morir?“. Es una pregunta que nunca me hago. Probablemente porque aún no me pongo ese problema. Pero sí se lo planteó Sinuhé, el protagonista ficticio de lo que es probablemente el mayor logro literario del Antiguo Egipto: La historia de Sinuhé. La devoción a su patria y la añoranza de esa “Tierra Amada” emerge claramente detrás de sus viajes y aventuras en tierras lejanas. Un ansia de volver a sus raíces culturales que revela una verdadera necesidad en la vida de todo egipcio: ser enterrado en tierra de faraones.

Y es verdad que a veces me siento un poco como este Sinuhé “a quien el corazón llevó a marcharse a tierras extranjeras” y a retratar sus costumbres. Desde que he dejado mi casa, anhelo el regreso igual que el viaje mismo. Necesito esa nostalgia. Diariamente me apunto cosas que quiero hacer o contar en cuanto vuelva. Porque el viaje en sí es la suma de una ida y de una vuelta. Presupone ir alargando y acortando distancias para recuperar trocitos de nuestra identidad aquí y allá. A pesar de los kilómetros, en cualquier lugar al que vayamos siempre habrá algún gesto, olor o sonido que nos devuelva a nuestro lugar de origen. Y en este momento suena en mi cabeza Tutto il mondo è casa mia, una canción de Patty Pravo de 1977. Un homenaje a los viajes reales e imaginarios, a todo aquel que haga del mundo entero su hogar y su poesía. Porque no es verdad que sólo quien viaja de pie ve más cosas que el que lo hace tumbado. Los sueños también son un hormigueo de imágenes y sensaciones.

Abro los ojos. Inspiro el olor de mi casa con la misma provisionalidad con la que se envía una postal sin saber si llegará a su destino. Sé que pronto tendré que marcharme de Italia. Otra vez. Miro entorno a mí como si fuese la primera vez. Mi habitación está llena de fotos y citas que me describen hasta los veinte años. Desde entonces es como si el tiempo se hubiera congelado, y así también los recuerdos. Aquí el momento presente se suspende para devolverme a mi pasado más cercano, aquel que hace tiempo quise enmarcar. Cruzo el pasillo y bajo las escaleras acompañada por sonidos familiares: la máquina espresso recién encendida, el vapor relajante que sale de la plancha, los pasos de mi padre yendo hacia el trabajo…
Ahora sé que, a cada vuelta incansable, aquí siempre encontraré todo lo que he dejado atrás y que hace de este lugar lo que es.
Mi hogar.

Campo de nostalgia © Sara Lombini

Campo de nostalgia © Sara Lombini

A orillas del mar Adriático © Sara Lombini

A orillas del mar Adriático © Sara Lombini

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