Un sueño de 93.000 horas

¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Pedro Calderón de la Barca

Algunos autores escriben la historia de los si y de los pero. Un recurso que les permite ampliar sus vivencias, escoger al menos una de las infinitas posibilidades de vida que descartamos y que no nos es concedido conocer. La imaginación se convierte entonces en una fuerte aliada de la memoria, sumando nuevos fantasmas a los recuerdos que ya alimentan nuestro fondo sentimental.
Pero no siempre el sueño es una realidad ficticia y fugaz. A veces es tan arrollador que termina por convertirse en cotidianidad. Al francés Ferdinand Cheval de Hauterives se le conoce justamente por haber hecho de un sueño su vida entera. Como cartero rural del siglo XIX cubría una ruta diaria de treinta y dos kilómetros para entregar los correos y regresar a su casa. La soledad que le causaba recorrer cada día los mismos caminos de tierra y piedras lo llevó, años más tarde, a escribir: «¿Qué más hay que hacer cuando uno está caminando la misma ruta, aparte de soñar? Para llenar mis pensamientos, he construido en mis sueños un mágico palacio».

Todo empezó un día de abril del año 1879, cuando el azar quiso que tropezara sobre una piedra de forma curiosa, esculpida por el tiempo y los elementos naturales. Como la zona de Hauterives (en la región de Ródano-Alpes) yacía en sus orígenes bajo el nivel del mar, no fue la única piedra singular que encontró en el camino, sino que los días que siguieron trajeron consigo otros hallazgos del mismo tipo. Fue entonces que el cartero se dijo: «Puesto que la naturaleza quiere hacer escultura, yo haré albañilería y arquitectura. He aquí mi sueño. ¡Manos a la obra!». Inventándose sus propias reglas de construcción, Ferdinand Cheval fue sentando día tras día las bases del que definió su Palacio Ideal, un sueño en el que invirtió treinta y tres años de su vida y cuyos esfuerzos quedan reflejados en una de sus muchas citas parietales: «1879-1912: 1.000 días, 93.000 horas, 33 años de sacrificios. Si hay alguien más obstinado que yo, qué se ponga a trabajar».

Ferdinand Cheval transportando piedras para su palacio © facteurcheval.com

Ferdinand Cheval transportando piedras para su Palacio Ideal © facteurcheval.com

Ferdinand Cheval no se inspiró viajando ni entrando en contacto con las corrientes artísticas de aquel tiempo. Todo lo que hizo fue conseguir la información que buscaba a partir de las postales que repartía diariamente y de las primeras revistas ilustradas de la época como Le Magasin Pittoresque (1833-1938). Fue interiorizando imágenes e historias para luego proyectarlas en su palacio: ahí escenas bíblicas, seres fantasmagóricos y árboles del desierto conviven en armonía con una tumba egipcia, un templo hindú, un castillo medieval y una mosquea. Un collage de viajes imaginarios por distintas civilizaciones y períodos históricos que refleja su voluntad de promover la unidad y la hermandad entre los pueblos de todo el mundo.
A ese original monumento «trabajo de un solo hombre» -como reza una de sus citas- se le conoce sobre todo por ser precursor involuntario del Art Brut del siglo XX, un concepto acuñado por el pintor y escultor francés Jean Dubuffet en 1945. En sus palabras, esta expresión define «las producciones de todo tipo que presentan un carácter espontáneo y muy inventivo así como poco endeudado con el arte al uso y con las frivolidades culturales, y que tengan como autores a personas oscuras y extrañas a los medios profesionales». En aquel entonces Ferdinand Cheval no podía imaginar que su obra, tan criticada por sus vecinos, se convertiría en fuente de admiración e inspiración para el surrealista André Breton y para otros artistas como Pablo Picasso, Jean Tinguely, Max Ernst y Peter Weiss.

Por defender un sueño, Ferdinand Cheval invirtió todas las horas libres que disponía montando las piedras escogidas al cabo de cada agotador día de trabajo. Por defender un sueño, Ferdinand Cheval desafió las críticas y el devenir del tiempo. El cartero francés no llegó a atestiguar los reconocimientos que recibió su majestuosa obra de 26 metros de longitud y 12 metros de altura. Sin embargo, fue partícipe de un sueño que se convirtió en un gran viaje de conocimiento y reflexión sobre la vida, para él y para todos los turistas que cada año visitan ese lugar.
Acabo por preguntarme cómo habría sido su vida si no hubiera tropezado en aquella piedra o si no hubiera encontrado inspiración en aquellas imágenes. Su Palacio Ideal parece construido con la misma fragilidad de esos si… Los mismos escultores-cortadores que desde 1980 se ocupan de su restauración anual advierten que el edificio (declarado monumento histórico en 1969 por André Malraux) desafía toda ley de la gravedad y del equilibrio.

Ferdinand Cheval no tenía recursos económicos suficientes para viajar ni conocimientos de construcción para poder erigir la obra de sus sueños. Sin embargo, su Palacio Ideal sobrevive con la misma tenacidad de aquellos largos treinta y tres años. Una historia de coraje y de perseverancia que nos enseña a creer en nuestros sueños y convertirlos en realidad.
Porque a veces es suficiente una pizca de coraje para construir un palacio entero.

Ferdinand Cheval frente a su Palacio Ideal © facteurcheval.com

Ferdinand Cheval frente a su Palacio Ideal © facteurcheval.com

Para más información:
Consultar la página web del Palacio-Museo http://www.facteurcheval.com/

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