Lorca y yo, dos neoyorkinos

La aurora de Nueva York gime
por las inmensas escaleras
buscando entre las aristas
nardos de angustia dibujada.

Federico García Lorca

Podemos vivir en Barcelona, París o Caracas y, en cuestión de unos segundos, sobrevolar el espacio aéreo de cualquier otra ciudad. Son los llamados viajes virtuales, aquellos que hacemos gracias a los impulsos nerviosos de nuestra corteza cerebral. Todo son ventajas: las maletas cierran, las colas en los aeropuertos desaparecen y la insípida comida del avión se vuelve tan sabrosa como uno quiera. Lo mejor de los viajes virtuales es que nadie está supeditado a las normas del tiempo. Puedes viajar ahora o puedes viajar mañana, llegar a un lugar real o a uno desaparecido ya hace veinte siglos.

Hoy mismo he estado en Nueva York. Con esto no quiere decir que haya pisado sus calles, pero no hace falta haber estado en Nueva York. En mi caso, solo he necesitado leer algunos poemas de Lorca para llegar allí subida sobre sus versos. Me imagino, en seguida, recorriendo la ciudad de la mano de Federico. En China Town “cuatro millones de patos” lacados brillan tras los cristales.  El cartel del club de jazz Small’s Paradise tiene una bombilla fundida. Dentro del local me parece oír aún la voz de Duke Ellington.

Lorca en la Universidad de Columbia © ABC

Lorca en la Universidad de Columbia © ABC

Después de leer Poeta en Nueva York, no se me ha ocurrido preguntar por las estrellas. Aquí descubro un cielo horizontal, un firmamento de despachos encendidos hasta bien entrada la madrugada. La ciudad no descansa de noche, eso ya lo sabía. Me sorprende, sin embargo, la niebla ficticia que emerge de entre las cloacas, los perfiles de las escaleras de incendios como grandes serpientes metálicas. Hay una ciudad paralela capaz de devorar a la que todos vemos. No me la quiero perder, no necesito dormir. Viajar así nos brinda energías suficientes como para librarnos del jet-lag.

En Nueva York no tienen mañana, solo un extraño paso que junta la noche cerrada con la agitación del día siguiente.  Nunca iría a Wall Street en un viaje real, no sabría poetizarlo como Lorca: “que ya la Bolsa será una pirámide de musgo / que ya vendrán lianas después de los fusiles / y muy pronto, muy pronto, muy pronto / ¡Ay, Wall Street!”. A mí, en cambio, solo me molesta que todavía huela a cuero y el chirrido de la goma de los zapatos sobre el parqué.

Antes de regresar de nuevo, me marcho a por mi bagel a Zucker’s. No tardo una eternidad en el metro, consigo asiento a la primera y mi desayuno lleva el doble de mermelada de arándanos. Abro los ojos, estoy en Barcelona.

Lorca paseando por Columbia en 1929, año en el que escribió Poeta en NY © ABC

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