Oasis, sonidos del silencio

¿Es posible escuchar el silencio? ¿Será que, en definitiva, el silencio pueda ser considerado como un sonido? Hemos estado asistiendo a clases de “paisajes sonoros: la construcción radiofónica del viaje”, a cargo de los profesores Juan José Perona y María Luz Barbeito, donde hemos conversado y discutido las distintas formas de describir a través de la voz, la música, los sonidos y…el silencio. Por tanto, entendemos cómo las sensaciones y percepciones del mundo real o ficticio evocan en el oyente el conjunto de sonidos que configuran un producto radiofónico. Mediante ello, somos los ojos de quienes escuchan todo este lenguaje de las sensaciones.

Les juro que he escuchado el silencio. Dos veces. Fue hace bastante tiempo, pero lo recuerdo como si fuera ayer. Pero para  poder oírlo debemos considerar -según mi experiencia- algunos factores, sin los cuales este singular fenómeno no podría darse:

1. Podrás escuchar el silencio cuando ya es de noche.

2. Debe hacer mucho, pero mucho frío. Menos de 10 grados bajo cero.

3. Tendrás que viajar a un lugar apartado, y en medio de la naturaleza.

4. Debe ser cuando los cielos están despejados, no hay viento y no llueve, por supuesto.

Les quiero compartir los dos destinos en donde tuve la fortuna de oír lo que en realidad es imposible oír: el silencio, que hace la melodía más bella para nuestros oídos. Un verdadero oasis entre tanto ruido que escuchamos día a día en las ciudades.

Altiplano de Copiapó, III Región de Chile

Zona Laguna del Negro Francisco © Sebastián Abeliuk

Zona Laguna del Negro Francisco © Sebastián Abeliuk

Fue en el año 2003 cuando emprendí una aventura junto a un amigo hacia el Norte Grande de mi país, Chile. Viajamos en auto. Un Toyota Tercel Sedán de 1997. Ninguna maravilla, más bien un auto normal, diseñado para manejar dentro de las ciudades, pero que resultó ser casi indestructible en estos terrenos montañosos, áridos y sin pavimentar. Estábamos en la ciudad de Copiapó, en la III Región de Atacama, cuando decidimos adentrarnos hacia el altiplano. Debíamos ascender en vehículo hasta los 4500 metros por sobre el nivel del mar, cosa que logramos cuando vimos a la distancia la magnífica laguna Santa Rosa, pequeña mancha de agua y compuesta por tres colores: verde esmeralda, blanco y azul marino. En ella bailaban decenas de flamencos, en tanto el paisaje estaba completo con esas montañas áridas de fondo. Estábamos en el parque nacional Nevado Tres Cruces, tan desconocido como fascinante. El desierto no es sólo arena y monotonía. Aprendimos que también era lagunas, avifauna, montañas y salares.

Laguna del Negro Francisco, III Región de Atacama, Chile © Sebastián Abeliuk

Laguna del Negro Francisco, III Región de Atacama, Chile © Sebastián Abeliuk

Esa noche acampamos a un costado de la laguna del Negro Francisco, de color verde opaco y en donde también había colonias de flamencos. Para llegar tuvimos que salirnos del camino de ripio y conducir por la planicie del desierto virgen. Cual 4×4, el Toyota lo logró sin dificultad alguna. Un café y unas pastas mientras admirábamos todo aquello con asombro. Al anochecer, calmó el viento, callaron las aves, y hablaron las estrellas en el firmamento: la Vía Láctea entera se dejó ver con magnificencia. Nunca antes, les prometo, había visto tantas estrellas en el cielo. La temperatura bajó rápidamente a unos cuantos grados bajo cero y el silencio se hizo presente. ¿O será que no? El corazón seguía latiendo, pero salvo ese pequeño detalle, no se oía nada. ¡Nada!

Kaamanen, Laponia Finlandesa

Kaamanen, Laponia de Finlandia © Sebastián Abeliuk

Kaamanen, Laponia de Finlandia © Sebastián Abeliuk

Muy cerca de Inari, en la Laponia (zona norte) de Finlandia, decidí pernoctar aquella fría noche invernal de febrero de 2008. No sé por qué precisamente ahí. Quizás buscando paz, o tal vez algo de relajo en uno de esos deliciosos saunas que tienen las cabañas en Finlandia. Y es que claro, los suomi son campeones mundiales en ello. Kaamanen no era nada: ni ciudad, ni pueblo. Tal vez una calle, o un par de casas dispersas. Me quedé en una cabaña de madera, sin nada más que hacer que usar el dichoso sauna, jugar una partida de ajedrez o salir a la nieve y observar el paisaje. Muy cerca de ahí, unos pequeños bosques y un río congelado.

Lo más entretenido vino al anochecer, cuando me metí al sauna (90 grados centígrados) para luego salir en traje de baño a la intemperie (menos 20 grados). Lo que parecía una locura, terminó siendo una especie de terapia.

Kaamanen, Laponia de Finlandia © Sebastián Abeliuk

Kaamanen, Laponia de Finlandia © Sebastián Abeliuk

Ya era de noche cuando -ya vestido- caminé hacia la oscuridad de un bosque colindante. Buscaba auroras boreales. Nunca aparecieron esa noche pero a cambio, obtuve un regalo de ese lugar perdido en Finlandia: el silencio más absoluto. No corría viento y por tanto las hojas de los árboles no se movieron un milímetro. Las aves y mamíferos dormían y los insectos, si es que habían, no cantaban. Me quedé mirando el cielo durante largos minutos mientras disfrutaba de una paz que difícilmente podré encontrar en otros sitios. Y el silencio me envolvió, una vez más.

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