La Clota, un barrio en peligro de extinción

Con sus huertos verdes, sus calles de edificios bajos, y sus vecinos, que aún conservan el recuerdo de otra Barcelona, este barrio ha sabido resistir a la industrialización y resulta un verdadero viaje en el tiempo dentro de una ciudad de ritmos acelerados. Hoy, este pequeño pero valioso oasis se ve amenazado por un plan urbanístico que busca convertir un enclave urbano único en un parque. Sólo le queda luchar cada día para impedirlo.

Barcelona es una ciudad cautivadora y envolvente, dotada de una geografía privilegiada que junto a su historia, sus artes y su buen vivir crean una mezcla que resulta fascinante para el viajero. No sorprende que sea una de las cinco ciudades más visitadas del mundo. Esto, aunque es positivo para la economía de la ciudad, impacta sobre la identidad local y sobre la relación que sus ciudadanos tienen con el entorno. En los últimos años, se ha incrementado el descontento de los barceloneses, que sienten que están perdiendo sus espacios y su estructura comunitaria a causa del turismo. Se han sumergido espacios y realidades minoritarias que, sin embargo, constituyen una parte esencial del encanto de la ciudad. La Clota, un pequeño barrio rural situado en el distrito de Horta-Guinardó, es un ejemplo de esto.

El chatarrero © Nerea Serrano

El chatarrero © Nerea Serrano

Érase una vez…
un barrio en el que confluían tres torrentes: el de Sant Genís, el de Catorze Plomes y el de la Genissa. El fragor de sus aguas animaba a las lavanderas, que se encargaban de gran parte de la colada de Barcelona, a desempeñar sus labores cotidianas. La calidad del agua junto con la disponibilidad de espacios destinados a lavar y tender propició que, en el siglo XVIII, se establecieron más de ochenta empresas de lavado en la Clota. Las jornadas de las lavanderas se sucedían. El deterioro aquellas manos enrojecidas, de aquellas espaldas curvadas anunciaba la transformación progresiva del antiguo municipio de Horta en la lavandería más importante de la ciudad. La particular orografía del barrio favoreció la concentración de abundantes aguas y la construcción de pozos, acequias, molinos y albercas.
Los campos de cultivo, especialmente fértiles, convirtieron esa gran zona en una de las áreas agrícolas más productivas de toda Cataluña. Los campesinos, asentados en una región privilegiada, trabajaban los campos con infinita paciencia respetando, como único horario, el tiempo de la cosecha. Entonces ninguno de ellos podía imaginar que hoy su vida estaría marcada por la misma incertidumbre que estigmatiza el devenir de las estaciones.

Antonia Herrero © María José Marroquín

Antonia Herrero © María José Marroquín

La Clota en la actualidad
Todavía es posible pasear por el barrio como antaño. La Clota resiste e insiste en sus raíces y su tradición rural, congelada en el tiempo. Pertenece a otra Barcelona aunque no lo parezca, pero cabría preguntarse durante cuánto tiempo.
En 2008 se proyectó un plan urbanístico que prevé la expropiación de una cuarta parte de las viviendas y la construcción de un parque y de grandes edificios que rompen con la estética de casas bajas del barrio. La reparcelación ya está en marcha, y el plan será una realidad en tan solo cinco años. Los vecinos están satisfechos con el plan de conservación ya que salvaguarda la integridad del núcleo de la Clota, pero temen que la radical reordenación de los terrenos externos destruya el moroso ritmo del “pueblo”.
Solo, por si acaso el peligro de extinción es real, alguien debería contar la intrahistoria de la Clota. Solo, por si el Ayuntamiento decide que la ciudad acabe de engullir al “pueblo”, que alguien diga Antonia, Rosa, Reina de los Crisantemos donde decía mujer. Que alguien escriba Fernando en el hueco que había reservado para la palabra hombre. Todos ellos merecen que alguien les ponga voz. Todos ellos necesitan que alguien cuente, a los que los han abandonado, que en este lugar las casas tienen nombre, que en la Clota “prosigue la oscura y silenciosa labor cotidiana”. Y que a cualquier hora del día la protagonista es la mano, la que se hunde en la tierra, la que se arruga con el agua, la que trenza el mimbre.

Un caso como éste conduce, necesariamente, a preguntarse sobre las prioridades y las escalas de valores de una ciudad. Es de suma importancia pensar qué se conserva y qué se privilegia tanto a nivel urbanístico como a nivel humano. Conviene recordar que son estas micro identidades e historias las que otorgan vida, carácter y personalidad a las ciudades.
Para Barcelona, la Clota representa mucho más que un simple barrio. Representa una lucha silenciosa por mantener una ciudad de y para los barceloneses y no únicamente una ciudad que vive y evoluciona según expectativas externas.
¿Estamos dispuestos a perder eso?

Soledad © Nerea Serrano

Soledad © Nerea Serrano

Para más información: 
El Pou Grup es una asociación que intenta descentralizar la mirada y alejar el foco de atención de las zonas más céntricas de la ciudad. Por ese motivo, organiza itinerarios que consiguen testimoniar la historia y conocer mejor el patrimonio de algunos barrios barceloneses todavía desconocidos. Para más información: elpou.grupestudisvhmp@gmail.com 

 

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