Oporto(s)

Para explicarte Oporto, te escribo con la cercanía del café con leche. En una mesa pequeña, como quien cuenta a un amigo un secreto nunca antes confesado. Juro que esta ciudad lo merece.

Paseo por la Rua das Flores; doblo la primera esquina y pierdo, a ratos, la noción del espacio. No sé si estoy en San Francisco o en un pueblo de Galicia. Suenan las campanas de la Iglesia de los Clérigos; dentro de un restaurante, una mujer mayor se sacude el calor con la sopa del día: aquí la sopa es una religión bien cocinada con patata, espinacas, legumbres y una sencillez comestible.

Algunas fachadas sirven de telón para tapar un escenario vacío, toda la ciudad es, a veces, un teatro, una carcasa. Hay muchos edificios abandonados y, tras los grandes ventanales, se adivinan los escombros y matorrales que hablan del vacío en voz muy baja. Pero no importa, ese aire desvencijado enamora a los románticos, a los que alguna vez fueron abandonados. También, las señoras que tienden la ropa a primera hora de la tarde y la luz del Atlántico iluminando parcialmente el barrio de la Ribeira.

Mi consejo es que te pierdas, que te pierdas todo lo que puedas, que aparezcas en Aliados o en Bolhao, que entres en el mercado, y quieras quedarte a vivir en el espacio entre dos paradas de flores. Piérdete y quizá des con Rua das Galerias de Paris y tengas la suerte de oír, en un local encantador, un cuento en portugués. Quizá, te topes con una librería, ya sé que decir librería en Oporto es decir Lello, pero no, mi consejo es que entres en una anónima, en una que tenga estampas antiguas, cartografías y libros de Pessoa de hace unos cuantos años que puedas hojear en silencio.

Si te queda tiempo, ve a la estación de Sao Bento. Espera varios trenes que no piensas coger. Regodéate en esos azulejos, en el amarillo que entra por las vidrieras y en los zapatos de los transeúntes que sí van a coger hoy un tren.

Y come, por favor, come.

Entra en A Sandeira y elige el último sande del menú, el Sao Joao; verás qué sardinas. Sé que entenderás el carácter de los porteños cuando te sientes a comer. Cuando pruebes sus dulces, sus pastelitos cocinados con yema de huevo y esa deliciosa crema de las pastas de Belén, que pueden quitarte el sentido con solo un bocado. Saborea el café: qué buen café toman estos portugueses. Y date un tiempo prudencial con el bacalao, trátalo con mimo y no lo quieras engullir deprisa, marínalo con vino verde de la casa bien fresquito. Todas las horas que pases sentado ante una mesa, a ser posible rodeada de comensales locales, son pocas. Desabróchate el cinturón y come sin vergüenza.

Te contaría más pero quiero dejármelo todo en el tintero; Que no llegues a saberlo todo sobre Oporto, ni mucho menos tras mis palabras.

Coge un avión. Dirígete a donde el cielo se prolonga.

 

Bolhao

© Nerea Serrano

Estación Sao Bento © Nerea Serrano

Bolhao

Mercado de Bolhao © Nerea Serrano

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Oporto © Nerea Serrano

Bolhao © Nerea Serrano

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