Rojo que te quiero rojo

Boda china © mytomnet.com

Boda china © mytomnet.com

En China, una mujer se está preparando para la boda tradicional que siempre ha soñado. Su cuñada mayor la ayuda a ponerse un vestido rojo como símbolo de buena suerte y prosperidad y le cubre el rostro con un velo del mismo color. Todo está listo para la ceremonia. Se acerca al altar familiar llevando zapatos rojos, los mismos que una esposa indiana acaba de quitarse al entrar en su nueva casa. Está a punto de sumergir sus pies en agua roja y dar sus primeros pasos iniciáticos como mujer casada. Mientras tanto, sus manos recién pintadas con henna juguetean con sus nuevas pulseras rojas, para luego rozar la raya del pelo que su esposo acaba de marcarle con el sindoor.

Mujer himba © Brent Pearson

Mujer himba © Brent Pearson

 

Ambas esposas sueñan con un futuro lleno de felicidad y prosperidad, sin saber que en Namibia una anciana seminómada himba recuerda el día de su boda, la única ocasión de su vida en que se le permitió bañarse en el río como dicta la ley de su cultura. Así que cada mañana en su choza abre el frasco de barro que contiene un ungüento a base de manteca de leche de vaca, ocre y hierbas aromáticas que unta en su cuerpo, confiriéndole un distintivo color rojizo a su piel elástica y sin imperfecciones. Un ritual al que se somete cada día para protegerse del sol intenso del desierto y de los mosquitos, y que siempre acompaña embadurnándose el pelo con la misma grasa. Otra mujer le está trenzando el pelo, preparándola para asumir su nueva responsabilidad: la de mantener el fuego sagrado encendido. Desde que la hija del jefe contrajo matrimonio, ahora es ella la encargada de salvaguardar el fuego de los antepasados.

Monjes tibetanos © lavanguardia.es

Monjes tibetanos © lavanguardia.es

Mientras ella cumple su tarea cotidiana, un monje tibetano se prepara en Lhasa para las primeras oraciones del día. Piensa en los textos sagrados que se debatirán hoy mientras ajusta su shemdap, viejo compañero que le recuerda día tras día su decisión de despojarse de la vanidad del mundo y dedicar su vida a invocar compasión hacia otros seres vivos. A pesar de que el mundo de hoy vea su atuendo con fascinación y reverencia, no olvida que 2.500 años atrás el tinte con que se lograba el rojo de las túnicas era el más barato de la región, dándoles una connotación de pobreza y humildad. Ese mundo ha cambiado y lo sabe, pero la tradición original prevalece generación tras generación como símbolo del desprendimiento del mundo material que el budismo busca alcanzar.

 

El sol japonés © María Baylac

El sol japonés © María Baylac

Una niña japonesa de nombre Akako (“niña roja”) aún es muy pequeña para saber que a lo largo de su vida verá cambiar el mundo varias veces al igual del monje. Para ella el mundo hoy se reduce al dibujo que está haciendo de un gran círculo rojo que representa el sol. No sabe que los niños de África, América y Europa lo dibujan amarillo. No tiene ninguna duda: el sol es rojo. Lo confirma el círculo en medio de la bandera nacional, ese solecito que confiere a su país el nombre de tierra del sol naciente. Sin embargo, ese choque cultural lo vive un coetáneo suyo brasileño de origen japonés (nikkei) cada vez que regresa con su familia a la tierra de sus ancestros. En Brasil aprendió a colorear el sol con amarillo, y ahora le cuesta convivir con dos percepciones tan distintas, dos culturas tan opuestas.

 

Mujer aymara con llamas © Wikipedia

Mujer aymara con llamas © Wikipedia

Azucena, una indígena aymara de la cordillera boliviana, no tiene tiempo de pensar en opuestos y culturas. Su mente está inmersa en la tarea de tejer un poncho colorido para su nieto Adán quien próximamente va a empezar a encargarse de las llamas de la familia. Azucena sabe que a la Pachamama le placen mucho los colores vivos. Sabe bien que, por encima de todos, el rojo es su predilecto y con el que se siente más halagada. Que aquel que vista este color alegrará a la diosa suprema, quien a cambio le brindará protección y cuidará de sus llamas en las montañas. Sí, Azucena lo sabe bien, y por esto con especial cariño e ilusión mezcla el rojo de su tejido con otros colores para que Adán tenga suerte en su nueva aventura como pastor. Para que la Pachamama lo acompañe siempre y no lo pierda de vista ni a él ni a sus preciadas llamas.

¡Y es que las llamas son muy importantes! Su lana se vende a buen precio para fabricar cálidos y distintivos jerseys que gustan mucho a los turistas de paso por las tierras andinas como Jeffrey. Originario de Iowa, Jeffey ha disfrutado mucho de los bellos picos y cielos amplios de Bolivia, como también planea disfrutar plenamente del jersey de llama que ha comprado en un mercado local. Le han crecido mucho el pelo y la barba durante su periplo suramericano, y su compañera de viaje le ha dicho en tono de broma que ahora tiene un pequeño aire al Che Guevara. Jeffrey piensa que será mejor solucionar esta situación antes de llegar a casa, donde su abuelo inevitablemente le diría muy cortante: «Has conseguido por fin lo que querías. Ahora sí pareces un verdadero rojo». Imaginándolo decir estas palabras, Jeffrey suspira y se dice a sí mismo: «Pobre abuelo, no se entera aún que el mundo ya no es ese lugar».

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