El secreto de los hunza

El tiempo pasa. No nos dice nada. Envejecemos.
Sepamos, casi maliciosos, sentirnos ir.

Enrique Reis

Llegó el día. Ha caído sobre mí como una losa y reconozco que no me ha sentado nada bien. Hoy he percibido el paso del tiempo. A todos nos ocurre, os lo aseguro, aunque esta tonta no se consuele con el mal de muchos. Puede que te suceda al regresar a un espacio de la infancia que antes te parecía inabarcable y que ahora, en cambio, te resulta insultantemente pequeño. O puede que tu padre, el todopoderoso e inmortal, te pida ayuda para abrir una lata de conservas o unos archivos en el ordenador y ¡pum! Ya lo tienes.

A todos nos ocurre: nos obsesionamos por el tiempo porque nos acerca al gran enigma de la vida, a la última puerta. Los antiguos griegos pensaban que el hombre, al ser parte de la naturaleza, debía someterse a la danza macabra del propio cosmos. Las pirámides mayas, el viejo en un escalón cerca del Ganges, la calavera de Hamlet, los minutos de Bergman. Todo son manifestaciones de la humanidad dialogando con el tiempo, lanzándole preguntas que el tiempo solo responde cuando paradójicamente ya es tarde.

Si bien es cierto que todos debemos atravesar ese umbral definitivo, hay sociedades que resisten más y mejor, que consiguen alargar la vida tanto que a los ojos del mundo se revelan como inmortales. En la frontera entre el Pakistán y la India hallamos a los hunza, el pueblo que no envejece. Los médicos creen que sus habitantes han encontrado el elixir de la eterna juventud en sus hábitos alimentarios, en los baños en agua helada y el movimiento constante. La convivencia con el medio en el que viven contribuye a la felicidad y longevidad de los hunza. Nuestros ancianos han adaptado su vida a las circunstancias de la ciudad, en cambio, en el valle del río Hunza, hombres de 70 años, que nada tienen que ver con la herencia occidental de la “fast life”, son perfectamente capaces de ascender la más escarpada de las montañas.

A pesar de que los hunza sean los más longevos, existen otras comunidades que desafían a las leyes temporales y espaciales, que viven suspendidos en el aire pero aferrados a la tierra, a las raíces de los árboles. La característica que une a estas sociedades es la total compenetración y adaptación al medio natural. Éste es el caso de los pastores del desierto del Gobi o el de los nómadas bisharin en el Sudán. Ambos pueblos han sabido completarse y complementarse con el ciclo de la naturaleza y afrontar largas travesías por territorios extremadamente áridos.

Puede que cuando te enfrentas a la inmensidad del desierto y el calor te inventa sobre la arena ya no te importe el tiempo. Puede que cuando la naturaleza te acoge, cuando dejas de ser solo tú y eres más lo Otro, al fin, el miedo desaparece. Entonces te alejarás de las cosas y el tiempo será tan solo una palabra.

Quizás sea ese el secreto de los hunza. Sht.

Niña hunza © vk.com/Dmitry Rozhkov

Muchacha hunza © vk.com/Dmitry Rozhkov

Valle Hunza © REUTERS Abrar Tanoli

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