Goli Otok, la memoria negada

¿How can we reach Goli Otok?

Una pregunta y cae el silencio. Ningún croata sabe cómo alcanzarla. O ninguno se atreve a contestar.


A pesar de los monumentos comunistas destruidos y de los libros de historia revisados, en Croacia quedan huellas de su pasado yugoslavo. Es inútil negarlo. Por mucho que se quiera ocultar este capítulo de su historia pre-independentista, el territorio croata revela secretos que siguen siendo desconocidos para los turistas y para muchos de sus ciudadanos.

Goli Otok © Sara Lombini

Goli Otok © Sara Lombini

Goli Otok es uno de ellos.
Una isla que, a partir de la ruptura entre Tito y Stalin en 1949, fue convertida en una prisión política para todos aquellos simpatizantes del modelo soviético del comunismo. ¿El objetivo? “Reeducarlos” a ser titoístas a través de la aniquilación psicológica.
Goli Otok no fue pensado como campo de exterminio, sino como una escuela de humillación en la que se les obligaba a los presos a escupir y golpear a los recién llegados.
Las consecuencias psicológicas fueron muy graves, incluso para todas aquellas familias que tuvieron algún familiar encerrado en Goli Otok y que se vieron obligadas a callar la verdad. A los hijos les decían: “Papá está en viaje de negocios“, como retrata la película homónima de Emir Kusturica.


Viajando a Goli Otok
Tras una hora y medio de barco desde Sveti Juraj, alcanzamos la tan controvertida isla.
¿Existirá lo que buscamos? ¿O es verdad lo que nos dicen, que no hay nada relevante por lo que merece la pena ir?
Recorremos su costa y ya vislumbramos vestigios del llamado “Alcatraz croata”.
Quedo muy afectada por la aspereza de la isla, por su total aislamiento. Parece inmóvil. Las lluvias abundantes de los últimos días han dejado su huella en el cielo, convirtiéndolo en una capa pesada color gris opaco.

Escombros en Goli Otok © Sara Lombini

Escombros en Goli Otok © Sara Lombini

Bajamos del barco.
Lo primero que vemos es un cartel que nos da la bienvenida en muchos idiomas, algo un tanto siniestro para quien conoce la historia de la isla. Poco distante, un tren turístico y una tienda de recuerdos.
Mientras pisamos los senderos empedrados, construidos por los mismos prisioneros, me pregunto en qué se ha convertido Goli Otok. Han pasado veinticinco años desde su cierre y me asombra su estado de deterioro. La vieja isla desnuda es hoy un gran vertedero en el que se ha tirado aquella historia incómoda que se pretende borrar. No entiendo cómo todavía no se haya transformado el ex goulag yugoslavo en un museo dedicado a las víctimas del comunismo. Lo mismo piden los ex-detenidos en nombre de todas las víctimas que siguen sin otros monumentos que aquellos pinos plantados y protegidos con su sombra y su sudor invisible.
Sin embargo, Goli Otok es una herencia demasiado infernal para la paradisiaca Croacia, y el gobierno no ha tardado mucho en quitársela de encima. La isla ha salido a la venta, y la mejor propuesta es la de convertirla en un resort de lujo para homosexuales.

Tintinea el dinero.

¿Acaso es posible conciliar turismo y memoria histórica?
¿Hasta qué punto se puede rehabilitar un antiguo lugar de torturas en destino turístico sin profanar la memoria trágica de su pasado?

Los grillos cantan, las ovejas pasan y dejan su estiércol, aparece algún visitante, se detiene y graba su nombre en la corteza del árbol, pero los pinos de Goli Otok se yerguen, inmóviles.

Dubravka Ugrešić, No hay nadie en casa

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