Hotel Belvedere, el abandono de un testigo de guerra

Pasillo y habitación, Hotel Belvedere © Adrià Valero

Pasillo y habitación, Hotel Belvedere © Adrià Valero

La guerra de independencia aun sigue presente en muchos rincones de Croacia. Nadie oculta los atroces sucesos que ocurrieron, pero la mayoría intentan evitar una conversación sobre el tema. En cambio, los lugares también conservan las consecuencias de la guerra pero al carecer de estados emocionales no pueden evitar que los demás veamos los efectos que dejó en ellos el cruel pasado del que fueron inertes testigos.

Este es el caso del Hotel Belvedere, un lujoso resort situado a escasos dos kilómetros del conocido Dubrovnik. La bahía de “La perla del Adriático” está repleta de hoteles para albergar a los numerosos turistas que acuden hasta esta concurrida ciudad. El caso del Hotel Belvedere empieza en el mismo contexto, pero su desenlace tiende más hacia la catástrofe.

El hotel se construyó en 1985 y solo seis años después la guerra acabó con él. Los serbios, partidarios de la antigua Yugoslavia atacaron Dubrovnik en un asedio con violentos bombardeos que para nada tenían respeto hacia los edificios históricos de la ciudad o hacia la población civil. Fueron muchos los que buscaban refugio en algún lugar y fue el Belvedere el lugar escogido para proteger a los numerosos desamparados. Por consecuencia, también fue atacado. Tras acabar la guerra en 1991, el hotel cayó en manos del abandono.

Para mí se trata de una especie de Titanic en tierra. No puedo evitar recordar esas imágenes de enormes y lujosas estancias consumiéndose en las profundidades. Por suerte, el Belvedere se nutre de oxígeno y nosotros también. No hay excusa para no ir a comprobar qué queda de él.

 

Hacia las entrañas del Belvedere

Aparcamos el coche junto a la antigua entrada del hotel. Todo es frío, desolador. Un hombre se nos acerca para decirnos que dejemos el automóvil más retirado, que aquella zona es para autobuses. ¿Autobuses? ¿Turistas? muy extraño, allí no había nadie más que algún obrero de la fábrica cercana, algún curioso y gatos.

Aquella entrada está tapiada así que bajamos por unas escaleras laterales que nos llevan hasta la primera sorpresa. Una puerta más discreta se encuentra abierta ante nosotros. Dentro solo se escucha el sonido del viento haciendo vibrar el despegado papel de las paredes. Los cristales por el suelo, los fluorescentes colgando del techo en medio del pasillo, un pasillo que parece infinito. Aquí aparece un nuevo compañero de aventuras, el miedo. Aun así, lo dejamos fuera y entramos. Realmente el pasillo es poco transitable. En muchas partes, pese a que hace un soleado día, tenemos que encender las linternas.

Por allí descubrimos las habitaciones con los baños saqueados hasta el último rincón y con unas terrazas que lo único que conservan son las magníficas vistas del Adriático. Parece no existir nada allí, pero a la vez, da una sensación de que aquello está lleno de presencia. Descubrimos un vestíbulo con ascensores. No hay puertas. Asomo la cabeza por el hueco. Conozco el abismo. Escaleras y pasillos siguen como si no tuvieran fin, pero los escalofríos recorren nuestros cuerpos y salimos por la puerta por donde habíamos entrado.

Más abajo descubrimos una zona menos perturbadora. Las antiguas piscinas del hotel perecen ahora devoradas por los graffitis y las ruinas. Aun así vislumbramos el lujo que tuvieron antaño. Desde aquí también hay conexión con los pasillos que dejamos atrás hace un rato. Nos acercamos cometiendo un craso error. Un ruido y un hombre corriendo hacia nosotros nos sobresalta apartándonos apresuradamente unos cuantos metros. Después vemos en uno de los apartamentos varias toallas tendidas. Okupas, nos decimos a nosotros mismos como excusa para calmar el miedo que ya no era solo un compañero más, era parte de nosotros.

Ya volvemos hacia el coche cuando vemos una última puerta. Nuestra inevitable curiosidad nos lleva a entrar después de apartar unas cuantas ramas a lo Indiana Jones. Llegamos a la discoteca del hotel. El techo brilla conservando aun infinidad de espejos, una enorme columna preside la sala. El caos reina en esa desapacible estancia. De nuevo ruidos, varios, y algo incomprensible que parecen palabras. Esa es la señal de que la visita ha terminado para nosotros.

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Ahora dicen que un millonario ruso ha comprado el misterioso Hotel Belvedere. El poder del dinero. Quizás quede poco tiempo para vivir experiencias como ésta y para ver con tus propios ojos testigos inertes del pasado.

 

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