Camino contra el tiempo

Ando y ando y pienso y ando.
Y piso y pienso y ando pasos,
y pasa el tiempo.

Emprendí el Camino de Santiago el 27 de agosto de 2013.
Estaba convencida de que un tiempo sola me ayudaría a encontrarme.
Familiares y amigos se reían diciendo: «En el mundo de la globalización tú te quieres ir andando. Estás loca». Nadie entendía por qué quería recorrer 800km a pie con una mochila en la espalda. A mí, en cambio, me parecía todo tan claro. ¿Cómo no podían verlo?
Tenemos medios de transporte más y más rápidos, tecnologías que nos permiten buscar información y comunicar con la otra parte del mundo en poco más de un click. Sin embargo, seguimos echando en falta el tiempo. En 1982 Larry Dossey, un médico estadounidense, diagnosticó por primera vez esa obsesión llamada “enfermedad del tiempo“.
Nos hemos ido acostumbrando a una vida a alta velocidad en la que pararse o incluso ralentizar se ha convertido en un acto revolucionario.


El Camino francés y el tiempo

Abro la guía y releo que hace falta un mes para recorrerlo. 31 etapas, 31 días en el Camino. Es otro intento de reglamentar el tiempo, darle forma y fecha de caducidad, y no quiero.
Empiezo a andar y entro en contacto con los llamados turigrinos, empeñados en su personal carrera para coger cama en el siguiente albergue. Me sorprende el ruido de la lucha. ¿Cómo puede ser que la velocidad siga siendo un valor a perseguir en una realidad sin motores ni relojes? No me lo explico. Quería paralizar el tiempo y ahora me encuentro caminando al lado de personas cuyo paso no me pertenece. Ya no es el Camino de Santiago, sino la carrera de Santiago, en la que gana el primero en llegar y la Compostela sólo representa una pieza más en su colección de trofeos.

Paradójicamente, ser anticonformista en el Camino significa reducir la marcha y disfrutar de la misma. Y yo defiendo la filosofía de la lentitud peregrina. No salgo al amanecer por llegar antes al refugio sucesivo, sino para gozar del sol matutino que se funde con el cielo. No cuento con coches de apoyo ni con mochilas vacías y no me preocupo de alimentar el espectáculo turístico del Camino.
El mío no es un mero viaje físico, sino un metacamino. Empecé a caminar para encontrarme, pero ya no soy la misma.
Me he perdido y me he vuelto a buscar tantas veces que ya no recuerdo ni quién soy ni de dónde vengo. Sólo sé que sigo andando, avanzando y retrocediendo pero andando.

Permanecer en el paso del tiempo © Sara Lombini

Permanecer en el paso del tiempo © Sara Lombini

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